Tendencias del sector construcción

Durabilidad del hormigón: más allá de la resistencia

Escrito por Carmen Muñoz, Columnista de Revista Negocio & Construcción | Sep 17, 2026, 1:00:00 PM

La durabilidad del hormigón suele asociarse a la calidad de sus materiales o a una determinada resistencia. Sin embargo, la NCh170-2016 la define como la capacidad de una estructura o elemento de hormigón de resistir las condiciones físicas y químicas a las que estará expuesto durante su vida útil. Esto plantea lo fundamental: no basta con conocer el hormigón; también debemos conocer el ambiente en que este deberá desempeñarse.

La propia norma es enfática en este punto. Para obtener un hormigón durable se requieren medidas adecuadas en el diseño de mezcla y fabricación, pero también prácticas de colocación, compactación, curado y protección. Incluso advierte que el uso de materiales adecuados y una correcta dosificación no son suficientes, por sí solos, para garantizar la durabilidad. Por ello, resulta útil abordar el problema en dos momentos: primero, desde el diseño y la especificación; y luego, desde la construcción y las condiciones posteriores de servicio.

En la etapa de diseño existe una responsabilidad explicita: el especificador debe asignar las clases de exposición de acuerdo con la severidad prevista para cada elemento. La condición de durabilidad debe quedar declarada desde el proyecto: identificar correctamente el agente es el punto de partida para establecer los requisitos del hormigón.

La norma distingue agentes internos y externos. Entre los internos considera sulfatos y cloruros aportados por los componentes y la reacción árido álcali. Entre los externos se encuentran los ciclos de congelación y deshielo, el ataque por sulfatos y los agentes que provocan corrosión de las armaduras, diferenciando la exposición a CO₂ y a cloruros. Para sulfatos y corrosión, la norma establece requisitos asociados al grado de exposición, combinando una resistencia mínima con dosis mínima de cemento o con la profundidad de penetración de agua, determinada con ensayos.

La congelación y el deshielo plantean un desafío particular: su clasificación depende de condiciones ambientales como la ocurrencia de estos ciclos, la presencia de humedad y, en determinados casos, el uso de productos descongelantes. El deterioro es acumulativo y depende también de la vida útil considerada. Por tanto, la ubicación geográfica adquiere especial relevancia.

Para apoyar esta decisión, en 2024 el Instituto del Cemento y del Hormigón de Chile publicó una propuesta de zonificación nacional para determinar el grado de exposición por congelación y deshielo, desarrollada a partir del trabajo de su Comité de Durabilidad y de una tesis de la Universidad Andrés Bello. La propuesta reconoce tanto el efecto de la latitud como las diferencias entre costa y cordillera e incorpora la altura, distinguiendo territorialmente costa, valle intermedio, precordillera y cordillera.

Esta mirada resulta pertinente en proyectos emplazados en zonas cordilleranas, como ocurre con gran parte de la actividad minera. Allí no basta con afirmar que “hace frío”: temperatura, humedad, nieve, altitud, tipo de estructura, vida útil de diseño y eventual presencia de sales pueden modificar la condición real de exposición.

Otra oportunidad de avanzar en información territorial es la reacción árido álcali. La norma contempla el uso de áridos reactivos o potencialmente reactivos bajo determinadas condiciones. Contar con una caracterización nacional de las fuentes de áridos y de sus antecedentes de reactividad permitiría disponer de información para adoptar las medidas pertinentes a los áridos disponibles o viceversa.

Zonificar no significa prohibir materiales, sino anticiparse para utilizarlos adecuadamente. Contar con ambos antecedentes territoriales entregaría mayor información al especificador sobre las condiciones de exposición y al fabricante de hormigón sobre los materiales que utiliza. En durabilidad, conocer dónde construimos es tan importante como saber con qué construimos.