Estrategia y Táctica entre Crisis y Desastres

El concepto de estrategia se ha desarrollado extensamente a lo largo de la historia, tanto en las escuelas de Oriente como en las de Occidente, desde la filosofía y el mundo militar hasta el ámbito empresarial y corporativo. Francisco Javier Garrido en su libro El Alma del Estratega cita al gran maestro de ajedrez Anatoli Karpov: “La Táctica consiste en saber qué hacer cuándo y dónde hay algo que hacer. La estrategia consiste en saber qué hacer, cuando no hay nada que hacer”.

Sin embargo, la palabra estrategia está sobreexplotada y tergiversada, “el concepto de estrategia ha sido víctima de su propio éxito” indica Garrido. Además de sufrir un uso impropio, existe la tendencia a imitar formas de pensar estratégico que se convierten en estratagemas o trampas que operan a nivel táctico, es decir, en el espacio donde nos movemos cuando hay claridad de movilidad y posibilidades para aplicar movimientos inesperados o bien ideados para el corto alcance.

En este sentido, resulta necesario reflexionar estratégicamente y sistematizar planes para disminuir márgenes de error, mitigar riesgos y aumentar la probabilidad de éxito. Pero la reflexión estratégica implica decisión y acción, y tomar decisiones implica asumir riesgos controlados.

Las estrategias no siempre se integran a tiempo en el diseño e implementación de leyes y políticas públicas, por ejemplo, para anticiparnos a las crisis y desastres naturales, incluso cuando la ciencia y la academia ya han advertido con datos, mapeo de riesgos y evidencia suficiente para tomar acciones consistentes de forma oportuna. Lo mismo ha ocurrido en el ámbito de la Desalación, ya se habían proyectado los escenarios de escasez y crisis hídrica y sus efectos en la población, el medioambiente y las actividades productivas, y sin embargo pasaron 8 años de tramitación legislativa para que Chile promulgara la Ley 21.813 sobre el uso de agua de mar para la desalinización, cuya disposición principal es justamente la creación de una Estrategia Nacional de Desalación.

Al fin y al cabo somos un país reactivo, por eso nos resulta tan difícil asimilar las estrategias y la visión de largo alcance, salvo contadas excepciones de algunos líderes y managers con capacidades tácticas y estratégicas innatas, lo que usualmente hacemos es apagar incendio tras incendio, inundación tras inundación y terremoto tras terremoto, aunque en este último caso la brecha anticipatoria es cada vez menor y resiliencia cada vez mayor.

¿Por qué parece prevalecer la conducta reactiva y no la preventiva ante crisis y desastres? Según Garrido, la primera de las 6 fuerzas reflexivas que intervienen en la toma de decisión del manager a partir del pensar estratégico, es la del pulso esencial, y lo define como aquel impacto de energía que desata la necesidad vital de impulsar el movimiento y esa energía surge, por ejemplo, de la crisis. Garrido ve la crisis como generadora de impulsos vitales que detonan la creación y búsqueda de nuevas opciones que nos alejen del punto (de situación) en que nos encontramos y nos lleven hacia un nuevo y mejor escenario (giro de horizonte).

Si bien lo anterior explica en parte lo reactivo, no implica que actuemos siempre en este estadio, por el contrario, la respuesta reactiva inmersos en la gestión de cada crisis y la resiliencia acumulada deben ser los drivers que impulsen a las siguientes 5 fuerzas que consolidan la estrategia antes que estalle la siguiente crisis o desastre: reflexión-formulación, decisión, flexibilidad, planeación e implementación.

Avanzamos en la gestión táctica de las crisis con una mejora continua en ese sentido y no así en los siguientes estadios, lo que nos conduce nuevamente a distinguir entre táctica y estrategia, citando esta vez a Von Clausewitz, uno de los referentes en el ámbito militar: “las tácticas implican el uso de fuerzas armadas en combate, la estrategia es el uso de los combates para el propósito de la guerra”.

Leer correctamente el contexto, como espacio temporal donde ocurren los hechos, nos lleva a repensar nuestras estrategias, no sólo para anticipar y mitigar el impacto del cambio climático y los desastres naturales a los cuales nuestro territorio y la forma de habitarlo nos tiene habituados, o para disponer de algo tan esencial como es el agua para consumo humano e industrial, sino también para navegar en la incertidumbre de los cambios geopolíticos que están reconfigurando la economía y el poder a nivel global.