Tendencias del sector construcción

Primavera en obra: temperatura y viento, una combinación crítica para la fisuración del hormigón

Escrito por Carmen Muñoz, Columnista de Revista Negocio & Construcción | Oct 28, 2026, 1:41:43 PM

Septiembre anuncia la primavera en la zona central de Chile. Aumentan las temperaturas, disminuye la humedad relativa y el viento adquiere protagonismo. Esta combinación debe alertarnos: incluso sin calor extremo, el viento puede acelerar la pérdida de agua superficial y favorecer la fisuración por contracción plástica.

Para anticipar este problema contamos con una herramienta internacional: el nomograma de evaporación de Menzel/NRMCA, recogido por el American Concrete Institute en ACI 305R. Relaciona la temperatura superficial del hormigón, la temperatura ambiente, la humedad relativa y la velocidad del viento. En Chile, la NCh170:2016 incorpora este procedimiento en su Anexo A (informativo).

La misma norma establece que la temperatura del hormigón, antes de su colocación, debe ser mayor que 5 °C y menor o igual que 35 °C. Sin embargo, cumplir ese rango no elimina el riesgo: un hormigón bajo 35 °C puede presentar una evaporación elevada si coinciden baja humedad relativa y viento.

La NCh170 advierte que, cuando la tasa de evaporación se aproxima a 1,0 kg/m²/h, aumenta el riesgo de fisuración. Este no es un límite universal, porque el riesgo también depende del agua de exudación que llega a la superficie. En mi opinión, esperar hasta acercarnos a ese valor puede ser tardío. Existe respaldo internacional para utilizar 0,5 kg/m²/h como umbral preventivo. La Federal Highway Administration de Estados Unidos emplea ese límite para hormigones convencionales en losas de puentes. No es una exigencia de la NCh170, sino un criterio conservador para actuar antes.

Veamos un ejemplo. Para un hormigón a 30 °C, aire a 28 °C, humedad relativa de 40 % y viento de 20 km/h, la tasa estimada es de 1,23 kg/m²/h. Si el viento baja a 10 km/h y las demás variables se mantienen, disminuye a 0,72 kg/m²/h. Ambos resultados superan el umbral preventivo, aunque solo el primero supera 1,0 kg/m²/h. Esto demuestra por qué no basta con mirar el termómetro.

El cálculo entrega un resultado, pero no permite reconocer fácilmente cuál variable domina el riesgo. Allí el nomograma muestra cómo cambia la tasa al modificar cada condición. No reemplaza la medición ni la norma; facilita su aplicación. Por eso considero que debiera ser una herramienta “de bolsillo” dentro del kit de quienes trabajan con hormigón.

Su utilidad predictiva permite revisar el pronóstico, programar la colocación y preparar la protección y el curado. Las variables deben medirse o estimarse junto al elemento, pues en una losa extensa o en altura pueden diferir del pronóstico. También tiene valor forense: registrar las condiciones y los horarios de cada operación ayuda a reconstruir por qué aparecieron fisuras.

Losas y pavimentos son especialmente vulnerables por su gran superficie expuesta; también los elementos en altura. Sin embargo, todo hormigón debe curarse, especialmente las mezclas de alta resistencia, con poca agua, más cemento o partículas finas. Estas suelen aportar menos agua de exudación a la superficie y una mayor cantidad de cemento puede elevar la temperatura del hormigón.

La protección comienza antes de la colocación: enfriar los materiales, humedecer bases y moldajes sin dejar agua libre, instalar cortavientos o sombra e iniciar oportunamente el curado. También debemos coordinar planta, transporte y bombeo. Mantener camiones en espera durante las horas de mayor calor acelera la pérdida de docilidad y puede inducir adiciones improcedentes de agua.

Un hormigón fisurado puede conservar su capacidad estructural y, aun así, perder durabilidad al facilitar el ingreso de agentes agresivos. Uno que evapora agua demasiado rápido puede comprometer la hidratación superficial, reducir su resistencia y dificultar su colocación. Anticipar la evaporación cuesta minutos; reparar sus consecuencias puede costar años.