Durante décadas, el mundo vivió bajo una ilusión cómoda: la globalización era un sistema estable, casi automático, donde el comercio, el capital y la tecnología fluían como si la política fuese un detalle secundario. Sin embargo, la guerra en Ucrania no solo rompió fronteras; rompió certezas. Lo que este escenario sugiere —inspirado en la mirada estratégica de Jack Ma, el profesor de inglés que fundó Alibaba— es una realidad incómoda pero inevitable: el conflicto bélico no creó una crisis, simplemente la reveló.
La primera verdad emergente es que el sistema global era más frágil de lo que aparentaba. Las sanciones económicas demostraron que el dinero no es neutral, sino una herramienta de poder; la energía dejó de ser un recurso para convertirse en un arma estratégica; y las cadenas de suministro, optimizadas por años para la eficiencia, mostraron que esta no es sinónimo de resiliencia. Descubrimos, abruptamente, que habíamos confundido velocidad con seguridad.
Hoy, la premisa de que la interdependencia garantizaba estabilidad parece ingenua. La confianza —ese ingrediente invisible de la globalización— se ha erosionado. Ante su ausencia, cada nación ha comenzado a recalcular riesgos, aliados y vulnerabilidades. Este cambio es especialmente visible en la rivalidad entre Estados Unidos y China, donde la "psicología estratégica" prima sobre la ganancia inmediata. El objetivo ya no es ser el más eficiente, sino el menos vulnerable.
En este tablero fragmentado, la flexibilidad es poder. Países pequeños, que antes parecían secundarios, pueden hoy negociar y adaptarse con mayor rapidez que las grandes potencias. No obstante, para Chile, esta oportunidad choca con una dependencia brutal: importamos el 64% de nuestra energía en forma de combustibles fósiles. No se trata solo de los miles de millones de dólares que (mal-)gastamos anualmente en "producir energía y humo", sino de una inseguridad geopolítica crítica. Si “personas con mucho poder” bloquearan nuestras rutas de importación, el país colapsaría en semanas.
Frente a este riesgo, la soberanía energética aparece como la única respuesta racional, apoyada en tres pilares: energías renovables, hidratos de metano y gas no convencional:
- Chile posee un potencial de energías renovables de 9,6 PWh/año, equivalente a 115 veces nuestra producción eléctrica anual. A precios actuales, esto representa una riqueza de 736.000 millones de dólares anuales sin agotamiento. Sobre esta base se erige la Estrategia Nacional de Hidrógeno Verde, que busca explotar sólo el 15% de este potencial hacia 2050.
- Por otro lado, los recursos fósiles locales ofrecen una transición estratégica. En la costa centro-sur se han detectado depósitos de hidratos de metano. Mientras que la Universidad Andrés Bello cuantificó en 2018 estos recursos en 30 billones de pies cúbicos (30 Tcf), hallazgos recientes del buque oceanográfico alemán RV Sonne elevan la cifra a 64 billones de pies cúbicos (64 Tcf). A valores de mercado este tesoro representaría entre 620.000 millones (a precio Henry Hub) y 2,4 billones de dólares (a precio de importaciones de GNL).
- A esto se suma el gas de esquisto (shale gas) en Magallanes, cuyos recursos técnicamente recuperables la Energy Information Administration (EIA) estima también en 64 Tcf. Con estos recursos, la autonomía y la resiliencia energética de Chile dejan de ser un sueño para convertirse en una hoja de ruta técnica (¿lo comprenderán nuestros políticos?). Nuestra Planificación Energética de Largo Plazo, PELP, pretende al 2050 bajar nuestra dependencia de los fósiles del 64% al 34% (no al 0%), así que en este caso, es mejor usar el abundante gas natural propio.
La lección es clara: la resiliencia es la nueva moneda del poder. Ya no gana quien produce más barato, sino quien resiste mejor el shock. No domina quien depende de todos, sino quien puede sobrevivir dependiendo de menos.
No asistimos al fin de la globalización, sino a su transformación hacia una interdependencia estratégica donde cada relación es un cálculo de riesgo. Como sugiere la filosofía de Jack Ma, el futuro no pertenece al más fuerte, sino al que mejor se adapta. Generar resiliencia aporta con pocos titulares espectaculares, pero es lo único que asegura nuestra soberanía a largo plazo. La terrible guerra actual no es el verdadero cambio; el cambio es la mentalidad que deja tras de sí, y esa desconfianza en el antiguo orden mundial que llegó para quedarse.

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