Del precio a las toneladas

El cobre atraviesa un momento excepcional, pero las cifras revelan una paradoja. Durante el primer semestre, Codelco obtuvo un EBITDA de US$4.648 millones, un 68% superior al año anterior, impulsado por mejores precios. Sin embargo, su producción propia cayó un 11%, hasta 564 mil toneladas.

La diferencia entre indicadores resulta reveladora. El precio de realización de Codelco aumentó desde 461,7 hasta 653,2 centavos de dólar por libra, pero esa mejora no se tradujo en mayor producción. El mercado puede aumentar el valor de cada tonelada; la operación debe ser capaz de producirla.

Chile posee los recursos minerales, pero transformarlos en producción requiere más que geología. Cada tonelada necesita plantas, túneles, caminos, sistemas eléctricos, agua, relaves y puertos. El desafío para sostener nuestro liderazgo será construir y mantener la infraestructura que hace posible producir.

Ese crecimiento deberá avanzar por dos caminos simultáneos. Necesitamos desarrollar nuevos proyectos que incorporen capacidad, pero también mantener operando las instalaciones que sostienen nuestra producción. No existe una elección entre greenfield y brownfield: construir nueva infraestructura y preservar la existente serán tareas igualmente necesarias.

También comienzan a aparecer señales para acelerar ese proceso. En agosto, el Ministerio de Minería informó el ingreso a Contraloría de una modificación al Reglamento de Seguridad Minera que propone reducir 55 autorizaciones sectoriales a 13 permisos, incorporando además 18 técnicas habilitantes alternativas.

La inversión también comienza a acumularse. Entre marzo y mayo ingresaron al SEIA 58 proyectos por US$22.258 millones, el mayor monto registrado para los primeros dos meses de una nueva administración. En agosto, otras 36 iniciativas, por US$12.952 millones, obtuvieron aprobación ambiental.

Pero ingresar o aprobar ambientalmente un proyecto todavía no produce una tonelada adicional. Después vienen ingeniería, permisos sectoriales, adquisiciones, fabricación, construcción y puesta en marcha. Entre una cartera de inversiones y una tonelada de cobre existe una distancia que solamente puede cerrarse mediante ejecución.

El agua muestra la magnitud de ese desafío. La minería del norte dependerá crecientemente de plantas desaladoras, acueductos, estaciones de bombeo y sistemas capaces de elevar agua desde la costa hasta operaciones ubicadas a miles de metros de altura. La seguridad hídrica también deberá ser construida.

Construir más infraestructura obligará a transformar la forma en que ejecutamos los proyectos. Modularización, prefabricación, BIM y gemelos digitales permiten trasladar actividades fuera del terreno, anticipar interferencias y reducir incertidumbre. Industrializar la construcción será necesario para materializar simultáneamente una cartera cada vez mayor.

Mientras los nuevos proyectos avanzan, las plantas existentes continúan envejeciendo. Correas, túneles, chancadores, estructuras y sistemas construidos hace décadas deberán seguir sosteniendo la producción. Cada año que demora incorporar nueva capacidad aumenta la exigencia sobre una infraestructura que debe continuar operando de manera segura y confiable.

Por ello, el mantenimiento y la rehabilitación también deben entenderse como inversión productiva. Recuperar disponibilidad, extender responsablemente la vida útil o evitar una detención no programada puede generar tanto valor como incorporar nueva capacidad. Evitar pérdidas de producción por indisponibilidad también es una forma de producir más.

Un precio extraordinario puede abrir una ventana de oportunidad y miles de millones de dólares en proyectos pueden mostrar hacia dónde queremos avanzar. Pero ninguno construye plantas, excava túneles ni mantiene disponibles nuestros activos. El desafío es transformar inversión en capacidad física. ¿Tenemos la capacidad de construirla?