La energía detrás de la próxima tonelada

El mundo necesitará más cobre para avanzar en electrificación, digitalización y descarbonización. La paradoja es evidente: producir el metal que permitirá reducir las emisiones globales demandará también mayores recursos eléctricos a una industria que deberá aumentar significativamente su capacidad productiva durante las próximas décadas.

A medida que disminuyen las leyes de mineral, debemos extraer, transportar, chancar y moler más roca para obtener la misma tonelada de cobre. Incluso manteniendo la producción actual, esta realidad incrementa el consumo por unidad producida y presiona directamente los costos operacionales.

Por eso, la eficiencia debe dejar de entenderse únicamente como una meta de sostenibilidad. Reducir los kilowatts-hora necesarios por tonelada significa disminuir costos, emisiones y exposición al suministro eléctrico. En la minería que viene, utilizar mejor los recursos será cada vez más sinónimo de productividad.

Chile ha avanzado hacia una matriz eléctrica renovable, pero energía limpia no significa necesariamente operación eficiente. Una faena puede abastecerse con fuentes renovables y continuar consumiendo más de lo necesario. Cambiar el origen resuelve una parte del problema; optimizar el consumo aborda otra igualmente importante.

El transporte representa otra oportunidad. Electrificar camiones permitirá reducir combustibles fósiles, pero su verdadero potencial aparecerá cuando también optimicemos rutas, pendientes, ciclos y toneladas transportadas. La eficiencia no consiste solamente en cambiar la fuente utilizada, sino también en evitar movimientos que no agregan valor.

La batalla por reducir el consumo también se juega dentro de las plantas. Chancado y molienda concentran una parte importante de la electricidad requerida por una operación minera. Nuevas tecnologías, control avanzado y optimización de circuitos pueden convertir las instalaciones existentes en espacios para capturar eficiencia.

Cada metro cúbico de agua también tiene una cuenta eléctrica. Desalar, transportar y elevar agua hasta operaciones ubicadas a miles de metros de altura requiere importantes recursos. Recuperar, recircular y utilizar mejor ese recurso significa también reducir bombeo, tratamiento y demanda asociada.

Sensores, monitoreo, analítica e inteligencia artificial permiten identificar consumos anómalos y pérdidas de desempeño en tiempo real. Sin embargo, disponer de más información no garantiza eficiencia. El dato genera valor cuando permite modificar una decisión operacional y reducir efectivamente los recursos utilizados.

Los activos envejecidos también forman parte de esta discusión. Equipos degradados, desalineamientos, desgaste y procesos fuera de sus condiciones originales pueden requerir más recursos para entregar el mismo resultado. Gestionar el envejecimiento implica comprender cómo evoluciona el desempeño durante la vida del activo.

Mantenimiento, confiabilidad y eficiencia suelen gestionarse como disciplinas separadas, aunque persiguen parte del mismo objetivo: obtener el desempeño esperado utilizando adecuadamente los recursos disponibles. Un activo confiable no solo debe estar disponible cuando se necesita; también debería operar con un consumo acorde al resultado entregado.

Muchas de las tecnologías necesarias para mejorar este desempeño ya existen. El desafío está en probarlas, medir resultados, escalarlas e incorporarlas a la operación. La próxima mejora dependerá menos de una innovación revolucionaria que de nuestra capacidad para implementar correctamente las soluciones disponibles.

Si el mundo deberá avanzar desde aproximadamente 30 hacia 50 millones de toneladas de cobre, no podremos simplemente escalar el modelo productivo actual. Producir más será necesario, pero hacerlo eficientemente será determinante. La pregunta que debería acompañar cada decisión es: ¿cuánta energía costará producir la próxima tonelada?