Chile 2050: La Transición Energética Como Decisión De Desarrollo

Chile suele presentarse —con algo de orgullo— como un alumno aventajado de la Transición Energética. Y hay razones para ello: la rápida expansión de la electricidad solar y la eólica, el retiro progresivo del carbón de la generación eléctrica y un marco institucional que habla de carbono neutralidad al 2050. Pero como especialista en energía, creo que ese relato, sin ser falso, es peligrosamente incompleto. Porque mientras celebramos el éxito en generación eléctrica seguimos avanzando a paso lento —demasiado lento— en la electrificación de la economía real para cambiar la composición de nuestra Canasta Energética.

El dato incómodo es este: pese a contar recientemente con uno de los sistemas eléctricos más limpios de América Latina, la electricidad apenas representa hoy cerca del 23% del consumo final de energía en Chile. El resto de la Canasta Energética sigue dominado por combustibles fósiles importados como diésel, gasolina, gas licuado y gas natural, y cubrimos un 14% del consumo energético final con nuestra biomasa nacional. Dicho sin rodeos: hemos limpiado la oferta eléctrica, pero no hemos cambiado la demanda energética. Y sin electrificación masiva del transporte, la industria y la calefacción, la neutralidad climática es una consigna, no un plan.

La hoja de ruta al 2050 elaborada por la Agencia Internacional de la Energía para Chile pone el dedo en la llaga. El escenario que permitiría cumplir las metas climáticas exige que la electricidad supere el 50% del consumo energético final hacia mediados de siglo. En nuestra Planificación Energética de Largo Plazo (PELP) pretendemos llegar al 42% - 46%. También eso implicaría un salto histórico. Sin embargo, el avance real hasta ahora ha sido marginal, incluso en sectores donde la tecnología ya está probada y es competitiva. El aumento del consumo eléctrico en 2025 con respecto al 2024 fue de un mísero 0,4%.

Tomemos el transporte, responsable de alrededor del 60% del consumo de petróleo en Chile. Aunque la electromovilidad urbana pública ha tenido algunos avances visibles —buses eléctricos, pilotos, anuncios—, el parque vehicular privado sigue prácticamente intacto. Las ventas de autos eléctricos continúan siendo testimoniales, frenadas por precios altos, falta de incentivos consistentes y una política pública que oscila entre el entusiasmo discursivo y la timidez regulatoria.

En calefacción residencial, el panorama es aún más preocupante. Millones de hogares siguen dependiendo de la leña, con costos enormes en salud pública y contaminación local por usar leña húmeda responsable anualmente de unas 3.500 muertes prematuras (que no aparecen en los diarios). La electrificación mediante bombas de calor y la calefacción distrital avanzan lentamente, atrapadas entre subsidios insuficientes, barreras de financiamiento y una ausencia de estrategia masiva. Aquí no estamos frente a un problema tecnológico, sino político.

La minería —sector intensivo en energía y orgullo nacional— muestra señales mixtas. Existen proyectos emblemáticos de electrificación (y más adelante el uso de hidrógeno), pero siguen siendo excepciones más que regla. El riesgo es evidente: si Chile no electrifica su propia minería, perderá credibilidad como proveedor de minerales “verdes” en un mundo cada vez más exigente. Por mucho que fácilmente se cambien contratos de suministro eléctrico a renovables, la mitad del consumo energético sigue siendo Diesel para el transporte de minerales en faenas de rajo abierto.

La paradoja es evidente. Tenemos electricidad renovable abundante, cada vez más barata y con enorme potencial de crecimiento. Y, sin embargo, seguimos importando combustibles fósiles con gastos de entre 22.000 y 14.000 millones de dólares al año que literalmente “se hacen humo” para mover autos, camiones, calderas y procesos industriales que podrían electrificarse mucho más rápido.

La transición energética no fracasa por falta de sol o viento, sino por falta de decisión. Electrificar implica incomodar intereses, rediseñar subsidios, asumir costos políticos de corto plazo y dejar atrás la lógica del piloto eterno. Mientras no enfrentemos esa realidad, Chile seguirá siendo un campeón de generación eléctrica limpia… con una economía que funciona, en lo esencial, como si nada hubiera cambiado.

La pregunta ya no es si podemos electrificar, sino si estamos dispuestos a hacerlo a la velocidad que el clima, la economía y la salud pública exigen. Le deseamos a la nueva Ministra de Energía designada, Ximena Rincón, una exitosa gestión en este sentido.