Los últimos temporales nos han vuelto a mostrar una imagen que, lamentablemente, conocemos demasiado bien. Ríos y quebradas que recuperan su cauce, viviendas afectadas, techumbres que no resisten el viento y familias que, en pocas horas, pierden gran parte de lo que habían construido. Para algunos, estos son eventos extraordinarios. Sin embargo, que ocurran con menor frecuencia no significa que no debamos prepararnos para ellos.

Quizás los años de sequía nos hicieron olvidar la historia de muchos territorios. Se construyó donde antes existían cauces naturales, disminuyó la percepción del riesgo y, en algunos casos, se fueron flexibilizando exigencias o simplemente se dejó de aplicar con el mismo rigor los criterios técnicos o la fiscalización; pero la naturaleza, tarde o temprano, termina recordándonos cuál era su espacio.

En ingeniería este concepto es habitual. Un puente no se diseña para el caudal promedio de un río, sino para crecidas extraordinarias definidas por la normativa. Entonces, ¿por qué nuestras viviendas no habrían de proyectarse considerando que durante su vida útil enfrentarán uno o más eventos de esta naturaleza?

Chile convive permanentemente con sismos, tsunamis, erupciones volcánicas, incendios forestales, inundaciones, aluviones y temporales. Por ello, necesitamos soluciones constructivas cada vez más resilientes. De acuerdo con antecedentes recopilados por la Organización de las Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial (UNIDO), la construcción prefabricada representa cerca del 12% del gasto mundial en construcción, cifra que ha aumentado desde aproximadamente un 8% en 2019. Por ejemplo, en Suecia, la prefabricación supera el 80% de las viviendas unifamiliares. Me permito decir: si con frecuencia miramos a estos países para comparar indicadores de desarrollo, también deberíamos observar cómo han enfrentado el desafío de construir mejor.

Así, el hormigón probablemente es el material que mejor integra las exigencias que hoy enfrenta nuestro país. Su versatilidad permite utilizarlo tanto en soluciones tradicionales como prefabricadas, adaptándose a distintas necesidades arquitectónicas y constructivas. Con un adecuado diseño estructural, una correcta especificación y una buena ejecución, ofrece un excelente comportamiento sísmico, además de una alta resistencia frente a la humedad, el viento y el fuego. A ello se suma una durabilidad ampliamente reconocida, capaz de reducir costos de mantención y prolongar la vida útil de las viviendas, un aspecto especialmente relevante cuando hablamos de infraestructura destinada a proteger a las personas durante décadas.

Hace varios años he planteado que las viviendas de emergencia deberían evolucionar hacia un concepto distinto. En lugar de soluciones provisorias, como la tradicional "media agua", podríamos entregar un primer módulo permanente que constituya el núcleo inicial de la vivienda definitiva. Un módulo con baño completamente habilitado, instalaciones eléctricas y sanitarias incorporadas desde fábrica y un espacio inicial que permita crecer mediante nuevas unidades prefabricadas, sin demoliciones ni intervenciones mayores. La industrialización no solo permite reducir significativamente los tiempos de construcción, sino también mejorar el control de calidad, disminuir desperdicios y entregar soluciones más dignas.

El desempeño de esta solución depende de un buen diseño, una correcta ejecución y mano de obra capacitada para fabricar y montar estos sistemas prefabricados. Reconstruir también implica formar capital humano y avanzar hacia una construcción más industrializada. Si queremos que cada reconstrucción sea una oportunidad para avanzar, debemos comenzar a construir viviendas pensadas no solo para el día en que se entregan, sino también para los eventos extraordinarios que, tarde o temprano, volverán a ocurrir.