La relación entre ciencia, territorio y desarrollo adquiere especial relevancia en un escenario marcado por el cambio climático y la creciente presión sobre los ecosistemas altoandinos. En esta conversación, Marcos Contreras M., Geólogo (M.Sc.), especialista en Gestión Ambiental y ESG, Magister en Sostenibilidad Corporativa (c) – Gestión Ambiental y Auditor Líder ISO 14001, aborda su experiencia como asesor científico del documental Tupungato: empatía en la muerte y reflexiona sobre la necesidad de comprender la cordillera como un sistema interdependiente, donde geología, agua, glaciares, biodiversidad, comunidades e infraestructura están estrechamente conectados.
¿Qué lo llevó a participar como asesor científico en el documental?
Mi motivación comenzó antes del documental. En mis primeros años de trabajo en gestión territorial, ambiental y conservación, junto a un equipo impulsamos la declaratoria municipal de San José de Maipo como Capital Geológica de Chile y su proyección como territorio aspirante a Geoparque Mundial de la UNESCO. En sus cerca de 5.000 km² identificamos 40 geositios y fui coautor del libro Geodiversidad, patrimonio geológico y geositios del Cajón del Maipo, que contribuyó a visibilizar la comuna como un gran laboratorio natural para las Ciencias de la Tierra.
En ese proceso conocí al realizador Rafael Pease y me incorporé como asesor científico a Tupungato: empatía en la muerte. Me movilizó la oportunidad de traducir conocimiento científico en conciencia pública. Mi aporte consistió en orientar la lectura de la geodiversidad y mostrar que geología, glaciares, agua, biodiversidad y comunidades forman un sistema interdependiente. Participar fue una forma concreta de tender puentes entre ciencia, territorio y sociedad para valorar y proteger una cordillera estratégica para la seguridad hídrica de Santiago.
Después de más de seis años de exploración, ¿qué aspectos del territorio cordillerano considera que siguen siendo poco conocidos o comprendidos por la sociedad?
Tras más de seis años de exploración, creo que lo menos comprendido no son los elementos aislados de la cordillera, sino las relaciones que la sostienen. Aún la vemos como paisaje o fuente de recursos, sin reconocer plenamente que sostiene la seguridad hídrica, ecosistemas de alto valor y la memoria viva de comunidades que han aprendido a habitar un territorio dinámico.
Ese conocimiento debe incorporarse desde el origen a los proyectos energéticos, mineros y de infraestructura, desde el norte de Chile hasta San José de Maipo. Una industria sostenible no diseña primero y dialoga después: integra viabilidad técnica, integridad ecológica y legitimidad social, considerando criterios como balance hídrico, riesgo climático, impactos acumulativos, conectividad ecológica, participación temprana y trazabilidad de compromisos.
También debemos superar la idea de “desastres naturales”. Quebradas, cauces y laderas siempre han sido dinámicos; el desastre surge cuando aumentamos la exposición y la vulnerabilidad al ocuparlos sin comprenderlos, como muestra la historia de la Quebrada de Macul. Leer el territorio antes de intervenirlo permite proteger vidas, anticipar conflictos y construir infraestructura resiliente.
¿Estamos comprendiendo adecuadamente el impacto acumulativo del cambio climático sobre los ecosistemas altoandinos o todavía existen importantes vacíos de información?
Conocemos la dirección del cambio climático, pero aún no comprendemos plenamente sus efectos acumulativos ni sus umbrales locales. En 2015, la ONU adoptó la Agenda 2030 y sus 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible; ese mismo año, el Acuerdo de París articuló una respuesta climática común. El gráfico histórico de Fawcett et al. (2015), reproducido por el USGCRP en 2017, demuestra que sin nuevas políticas o con medidas débiles aumentan las emisiones y el riesgo de superar 3 °C o 4 °C; mantener la ambición inicial reduce ese riesgo, pero no asegura el límite de 1,5 °C; elevarla cambia decisivamente la trayectoria.
En los ecosistemas altoandinos, cada fracción de grado acelera la pérdida de nieve y glaciares, altera caudales y humedales, desplaza especies e intensifica riesgos en laderas y cuencas. Estos efectos se acumulan con la extracción de agua, la infraestructura y los usos productivos. El gran vacío es la fragmentación de los datos. Necesitamos monitoreo de largo plazo e indicadores comunes sobre clima, agua, biodiversidad y territorio, con una gobernanza compartida entre Estado, ciencia, comunidades e industria para anticipar impactos y orientar la adaptación.
¿Qué aspectos te gustan de la revista y radio Negocio & Construcción?
Valoro especialmente su capacidad para acercar información técnica, clara y de primera fuente a quienes toman decisiones. La combinación de revista y radio permite conectar especialistas, empresas y sociedad, haciendo más accesibles temas complejos. También me gusta que abra espacios para conversar sobre innovación, sostenibilidad y territorio, contribuyendo a que la industria avance con mayor conocimiento, colaboración y responsabilidad.
