El Instituto del Cemento y el Hormigón de Chile (ICH) ha sido, por décadas, una entidad técnica dedicada a fomentar el uso adecuado del hormigón en el país. Integrado por empresas socias del sector y apoyado por profesionales de reconocida trayectoria, su rol nunca fue gremial, sino técnico: articular conocimiento, promover buenas prácticas, la transferencia tecnológica y contribuir al desarrollo del material de construcción más utilizado en Chile y en el mundo.
Dentro de los aportes más relevantes del ICH está su rol como articulador en la discusión normativa. Bajo su alero se promovieron y discutieron múltiples actualizaciones que hoy son parte del marco técnico vigente, destacando la NCh170:2016 Hormigón – Requisitos generales, junto con normas asociadas a cementos, áridos, agua de amasado, ensayos y control de calidad. Muchas de estas revisiones respondieron a cambios en la tecnología del hormigón, mayores exigencias técnicas y de colocación y a la necesidad de alinear la normativa nacional con estándares internacionales, resguardando siempre la realidad constructiva local. Sin este espacio técnico, la actualización normativa pierde un interlocutor natural entre industria, academia y organismos normativos.
El ICH también cumplió un rol clave en la emisión de documentos técnicos y guías de referencia, ampliamente utilizados en especificaciones técnicas y procesos de diseño. Un ejemplo reciente es “Zonificación nacional para determinar el grado de exposición por la acción de ciclos de congelación”, fundamental para abordar la durabilidad del hormigón en los distintos climas del país y un aporte para especificadores de hormigón. A esto se suma el trabajo sostenido de comités técnicos —durabilidad, fibras, shotcrete, construcción, entre otros— en los que numerosos profesionales participaron de manera ad honorem, aportando experiencia y conocimiento en beneficio de toda la industria y de nuestro país.
Otro eje relevante fue la capacitación y certificación. A través de ICH Capacitación se perfeccionaron técnicos y profesionales de la construcción, elevando el estándar de ejecución y control del hormigón. Certificaciones como laboratorista en ensayos de hormigón fresco (TEHFO) y la articulación con esquemas internacionales —como la certificación ACI para supervisores de hormigón— tuvieron un impacto directo en la calidad de las obras.
Menos visible, pero igualmente estratégico, fue el aporte a la innovación y al desarrollo tecnológico. El ICH actuó como plataforma para vincular efectivamente a la industria con la academia, facilitando proyectos colaborativos, validación de nuevas tecnologías, estudios de durabilidad, incorporación de fibras, aditivos y soluciones constructivas innovadoras, extensión y difusión a las nuevas generaciones. Este puente permitió que la investigación aplicada respondiera a problemas reales del sector y que la industria accediera a conocimiento validado, reduciendo la brecha entre investigación y práctica.
A estos aportes se sumaban herramientas como el portal de estadísticas del ICH, que proporcionaba información relevante sobre el consumo y la distribución del cemento y del hormigón a nivel nacional, junto con espacios de encuentro como las Jornadas del Hormigón y las Expo Hormigón, fundamentales para la transferencia tecnológica y el fortalecimiento de redes técnicas. Asimismo, el boletín Hormigón al Día difundía obras emblemáticas y avances en el uso del hormigón, contribuyendo a proyectar una visión compartida sobre el desarrollo futuro de la construcción con este material.
Resulta preocupante que el cierre de una organización con este nivel de aporte pase casi inadvertido. La pregunta es inevitable: ¿qué ocurre cuando la industria deja de sostener los espacios que garantizan su desarrollo técnico, normativo e innovador? El cierre del ICH no es solo el fin de una institución; es la pérdida de un articulador clave cuyo vacío tendrá consecuencias que, tarde o temprano, se harán evidentes.

