El invierno ya está perdido: prepárense para los incendios

Chile vive atrapado en un ciclo que se repite con exactitud de calendario: cuando llegan las primeras lluvias otoñales, los municipios corren a limpiar sumideros, revisar canales y reforzar laderas. Cuando el termómetro sube en noviembre, recién entonces hablamos de incendios forestales. Es un reflejo tardío, reactivo, y profundamente costoso. En gestión del riesgo de desastres, prepararse para la amenaza que ya tenemos encima no es preparación: es improvisación apurada.

En estos días, a fines de abril, muchos piensan que deberíamos estar afinando los planes para enfrentar la temporada de precipitaciones. Lamentablemente, para eso ya es tarde. Los sistemas frontales no esperan que terminemos de aprobar presupuestos municipales ni que contratemos las asesorías que debieron estar operativas en febrero. La preparación para el invierno 2026 debió cerrarse en marzo, a más tardar.

Lo que sí corresponde hacer ahora —y casi nadie está haciendo— es preparar la temporada de mayor recurrencia de incendios forestales 2026-2027.

Esta lógica, que llamo preparación contraestacional, no es una excentricidad académica. Es el principio básico del ciclo del riesgo: mientras una amenaza se manifiesta, la siguiente ya está gestándose. Durante el invierno se acumula la vegetación que en diciembre será combustible. Durante las lluvias se definen las condiciones de humedad de los suelos que determinarán la severidad del verano siguiente. Durante abril y mayo es cuando deberíamos estar ejecutando la silvicultura preventiva, actualizando los mapas de amenaza por interfaz urbano-rural, revisando las redes de grifos rurales, capacitando brigadas, y firmando los convenios que en enero ya no se alcanzan a tramitar.

La experiencia acumulada en SENAPRED, tanto a nivel regional como nacional, me enseñó que el costo de la reacción siempre supera, por órdenes de magnitud, el costo de la preparación. Los megaincendios de Valparaíso en 2024 no se explican solo por las condiciones meteorológicas de ese febrero: se explican por decisiones —y omisiones— tomadas meses e incluso años antes. Cada comuna que hoy, en abril de 2026, no esté trabajando en su Plan Comunal para Reducción del Riesgo de Desastres con foco en incendios forestales, está firmando anticipadamente el acta de su próxima emergencia.

La Ley 21.364 y el Sistema Nacional de Prevención y Respuesta ante Desastres (SINAPRED) entregan el marco normativo para ordenar este trabajo. Los instrumentos existen: PCRRD, Planes Comunales de Emergencia, Planes de Acción ante el Cambio Climático. Lo que falta, sistemáticamente, es el tiempo político y técnico para ejecutarlos cuando corresponde, no cuando el humo ya se ve desde la carretera.

Prepararse contraestacionalmente exige tres cosas concretas. Primero, planificación con desfase: trabajar hoy en la amenaza de dentro de ocho meses, no en la de la próxima semana. Segundo, mitigación estructural: cortafuegos, despeje de fajas, ordenamiento territorial que regule la interfaz, mantenimiento de caminos de evacuación. Tercero, preparación comunitaria: simulacros, COGRID funcionando, brigadas capacitadas, sistemas de alerta temprana probados antes de necesitarlos.

Nada de esto es gratis, pero todo es significativamente más barato que un muerto, una casa quemada o 400 mil hectáreas arrasadas.

Los alcaldes, directores de emergencia, encargados regionales y ministerios sectoriales tienen ante sí una ventana de oportunidad que se cierra cada semana que pasa. Desde mayo hasta septiembre disponen del período óptimo para preparar la próxima temporada crítica. Quien lo aproveche, llegará a noviembre con planes operativos, recursos comprometidos y comunidades informadas. Quien no lo haga, volverá a enfrentar la emergencia con improvisación y conferencias de prensa.

La pregunta, entonces, no es si estamos preparados para este invierno. Esa respuesta ya está escrita. La pregunta relevante es: ¿qué estamos haciendo hoy por el verano 2026-2027?