Se estima que los seres humanos pasamos, en promedio, el 90% de nuestras vidas en espacios construidos. Esta cifra, más que un dato estadístico, constituye el eje de un imperativo ético para quienes lideramos la industria de la construcción. Si el entorno edificado es el escenario donde se despliega nuestra mayor cantidad de tiempo, entonces el diseño y la manufactura de estos espacios no pueden entenderse únicamente como procesos técnicos, sino como herramientas esenciales al servicio del bienestar humano, no se trata solo de construir viviendas, sino que de desarrollar comunidad y ciudad.
Al iniciar este 2026, la industria global de la construcción se encuentra en un punto de inflexión. La magnitud del desafío habitacional en Chile y la región, unido a la necesidad de una infraestructura crítica resiliente nos exigen abandonar definitivamente la vieja lógica productiva —centrada de forma aislada en el material y el volumen— para avanzar hacia soluciones sistémicas e integrales. Este cambio requiere que la innovación deje de ser un ejercicio de laboratorio para transformarse en una innovación human-centric, capaz de situar las necesidades reales de las personas en el centro de la estrategia de producción como sistemas integrados, eficientes, de calidad, y que multipliquen valor social.
Investigaciones recientes demuestran que los sistemas de construcción fuera de sitio (off-site) pueden reducir los plazos de obra hasta en un 76% y aumentar la productividad sectorial en más de un 120%. No obstante, el valor último de estas cifras es la dignificación del habitar. No estamos simplemente optimizando una cadena de montaje; estamos diseñando soluciones que devuelven tiempo a las familias, calidad a sus entornos y que desarrollan fortaleza territorial. Porque, al final del día, la verdadera evolución no reside en perfeccionar el 'cómo' construimos, sino en recordar para 'quién' y 'por qué' lo hacemos.
Iniciar este camino no puede ser abordado por actores individuales. La verdadera eficiencia de la construcción industrializada —aquella que naciones como Suecia o Japón han convertido en estándar con tasas de adopción de hasta el 45%— no reside únicamente en la sofisticación de sus plantas, sino en la solidez de su ecosistema colaborativo. Industrializar es, en su esencia, un ejercicio de trabajo en equipo a escala sistémica. Requiere que sector público, mandantes, proveedores, y academia operen bajo una misma línea de confianza y certeza técnica, alineando capacidades y decisiones en torno a un objetivo común frente al desarrollo.
Porque este ecosistema sólo despliega todo su valor cuando es capaz de responder con voluntad y sentido de urgencia. La escala de los desafíos actuales en Chile y la región no nos permiten esperar; la modernización del sector dejó de ser una opción para convertirse en una condición necesaria de competitividad y responsabilidad social. La agilidad necesaria para responder a las demandas de habitabilidad e infraestructura crítica sólo será posible a través de un ecosistema articulado y coordinado, donde el liderazgo empresarial actúe con una mirada de largo plazo y un claro sentido de propósito.
Evolucionar la perspectiva técnica para construir bienestar humano es el gran proyecto de nuestra generación y de las que vendrán. Para lograrlo, el único camino posible es el de la colaboración estratégica, transformando la innovación en el motor que habilite una vida más plena y equitativa para todas las personas.
