La construcción enfrenta hoy uno de los escenarios más complejos de las últimas décadas: escasez de mano de obra, aumento de costos, mayor accidentabilidad, exigencias ambientales y presiones por cumplir plazos cada vez más acotados. En ese contexto, seguir operando con métodos tradicionales es, literalmente, tapar el universo de la construcción con un dedo. La industrialización a través del uso de prefabricados, especialmente de hormigón, ya no es una tendencia ni una ventaja competitiva: es una necesidad inevitable para asegurar la viabilidad de los proyectos actuales y futuros.
La implementación de sistemas industrializados permite mejorar la productividad de forma medible y consistente, elevando el desempeño en aspectos clave como plazo, costo, seguridad, y calidad. Utilizar prefabricados facilita la planificación, reduce la intervención en obra y contribuye a cumplir con los compromisos contractuales, minimizando riesgos operacionales. Los beneficios son múltiples y se expresan en distintas dimensiones: disminución de residuos, menor huella de carbono, mayor ciclo de vida útil de las estructuras, optimización del uso de materiales, reducción de movimientos de personal y maquinaria, y disminución de accidentes laborales. Estos resultados pueden observarse de manera aislada o combinada, dependiendo de la estrategia aplicada, lo que permite adaptar el modelo a las necesidades de cada proyecto o negocio.
A esto se suma que la falta de mano de obra calificada se ha convertido en uno de los principales factores de riesgo para la construcción. Hoy nos enfrentamos a una menor oferta laboral, menos competencia dentro de la mano de obra disponible y una productividad reducida. El tiempo de curva de aprendizaje es mayor, existe una necesidad creciente de capacitación y no hay un recambio generacional efectivo en los oficios tradicionales. La accidentabilidad aumenta, al igual que las licencias por cansancio, mientras crecen los despidos por exámenes de drogas y alcohol. A ello se suman los costos elevados de atención y cuidado de trabajadores con problemas asociados, así como los gastos derivados del traslado de cuadrillas a obras fuera de Santiago o en zonas mineras. Todo esto incide directamente en un incremento del costo de mano de obra y, por ende, del presupuesto de construcción.
El impacto es claro: hoy existe un mayor riesgo de incumplimiento de plazos y desviaciones presupuestarias. Es decir, construir como siempre lo hemos hecho deja de ser una opción sostenible. La industria requiere procesos más estandarizados, predecibles y eficientes.
La industrialización con prefabricados de hormigón permite anticipar escenarios, eliminar improductividades y elevar la calidad del producto final. Al trasladar gran parte del proceso productivo desde la obra hacia plantas de prefabricados, se garantiza precisión, baja variabilidad y condiciones óptimas de fabricación. Esto contribuye también a la sustentabilidad, dado que disminuyen los desplazamientos, con menos emisiones y menos impacto en el entorno.
Quienes siguen diseñando y construyendo como si nada estuviera pasando ignoran una realidad que ya golpea los proyectos. El futuro de la construcción está en adoptar modelos industrializados, integrar prefabricados desde la etapa de diseño y aplicar estrategias de planificación basadas en productividad y desempeño. Adaptarse ahora no solo permitirá seguir siendo competitivos, sino también asegurar la continuidad del rubro y su contribución al desarrollo del país.
Diseñar y construir industrializado no es una alternativa más. Es el camino que nos permitirá transformar los desafíos actuales en oportunidades reales para una construcción más eficiente, segura y sostenible.

