Paradójicamente, la construcción, directamente vinculada al desarrollo humano y económico, se enfrenta a un problema estructural: la baja productividad. Datos recientes de McKinsey muestran que, entre 2000 y 2022, la productividad de la construcción mundial creció apenas un 0,4 % anual, mientras que la productividad de la economía en su conjunto avanzó alrededor de un 2 % anual y la de la industria manufacturera, aproximadamente un 3 %. En más de dos décadas, el incremento acumulado de la productividad de la construcción fue de tan solo alrededor del 10 %.
Este no es un problema exclusivo de los países en desarrollo. La baja productividad es una cuestión estructural de la construcción a escala mundial, aunque su intensidad y la velocidad de respuesta varían entre los distintos mercados.
China merece especial atención en este contexto. Entre 2000 y 2021, la productividad de la construcción en el país creció alrededor de un 4 % anual, significativamente por encima de la media mundial. No se trata únicamente de los avances en productividad, sino también del papel de las políticas públicas en la creación de las condiciones para esta transformación. A partir de 2016, las políticas nacionales comenzaron a promover explícitamente la construcción industrializada, estableciendo objetivos y directrices para ampliar el uso de sistemas prefabricados. Los gobiernos locales también desarrollaron programas e incentivos propios, lo que contribuyó a generar demanda y a escalar la industria. El caso chino demuestra, por tanto, que la industrialización de la construcción no depende únicamente de la disponibilidad de tecnología: las políticas públicas pueden actuar como inductoras del mercado, creando condiciones favorables para las inversiones, la estandarización, el desarrollo de proveedores y la generación de economías de escala. La productividad pasa así a ser el resultado no solo de la eficiencia de las empresas, sino también de las condiciones institucionales y de mercado que favorecen la transformación de la construcción.
En este contexto, la industrialización deja de ser una mera alternativa tecnológica y pasa a constituir una respuesta económica a la escasez de mano de obra, al aumento de los costes, a la necesidad de reducir los plazos y, sobre todo, a la presión por obtener mayores niveles de productividad. El reto no consiste simplemente en construir más, sino en aumentar la capacidad de producción sin incrementar proporcionalmente los recursos necesarios para construir. En este proceso, la prefabricación de hormigón constituye una de las soluciones industriales ya consolidadas, al trasladar una parte significativa de la producción a un entorno controlado e integrar el proyecto, la fabricación, la logística y el montaje.
En América Latina, este desafío cobra especial relevancia. La región convive con una elevada demanda de vivienda e infraestructuras, al mismo tiempo que afronta restricciones de mano de obra, costes crecientes y la necesidad de una mayor eficiencia. No basta con construir más: es necesario construir mejor, combinando coste, prestaciones, plazo y previsibilidad.
Algunos mercados ya están avanzando en esta dirección. Chile, por ejemplo, viene incorporando la construcción industrializada a las políticas públicas de vivienda, asociándola con la productividad, la calidad y la velocidad de la construcción. En Brasil, un paso importante ha sido comenzar a medir la propia industrialización. El IGIC, de FGV IBRE, indicó que, en junio de 2026, aproximadamente el 15,7 % de las obras utilizaban algún sistema constructivo industrializado, frente al 14,8 % en 2025. Más allá del dato en sí mismo, la existencia de un indicador permite reconocer la industrialización como un fenómeno medible y establecer una referencia para seguir su evolución.
No existe, sin embargo, un único modelo de industrialización. Cada mercado responde a sus propias condiciones de escala, urbanización, disponibilidad de mano de obra, costes, sostenibilidad, calidad, financiación, velocidad y cuestiones tributarias, como ocurre en Brasil, donde los componentes industrializados están sujetos a una mayor carga impositiva. Lo que sí existe es una convergencia: la necesidad de convertir la productividad en una prioridad estratégica.
La cuestión para América Latina quizá no sea si la construcción será industrializada, sino a qué velocidad conseguiremos integrar la industrialización, la digitalización y la gestión de la productividad en un nuevo modelo de producción.

