Si hay algo que caracteriza a nuestro sector es su capacidad para adaptarse. Nuevas normativas, herramientas digitales, procedimientos, exigencias en materia de seguridad o metodologías de trabajo forman parte del día a día.
Sin embargo, quienes trabajamos con distintos equipos vemos repetirse siempre la misma escena. Se implanta una nueva forma de trabajar y enseguida aparecen comentarios como: "Siempre lo hemos hecho así", "Esto solo nos hará perder tiempo" o "Ya verás cómo dentro de unos meses volvemos al sistema anterior".
La conclusión suele ser inmediata: “la gente se resiste al cambio¨.
Después de muchos años trabajando con directivos y equipos, cada vez estoy menos de acuerdo con esa afirmación.
Las personas no suelen resistirse al cambio. Se resisten a la incertidumbre que el cambio provoca. Y esa incertidumbre, la mayoría de las veces, no nace del propio cambio, sino de cómo se comunica.
Pensemos en un ejemplo habitual. Una empresa implanta una nueva plataforma para gestionar las incidencias en obra. La dirección envía un correo anunciando que será obligatoria a partir del lunes y convoca una breve reunión para explicar su funcionamiento.
Técnicamente, la comunicación se ha realizado.
Sin embargo, pocos días después algunos empleados siguen utilizando el sistema anterior, otros alternan ambos y el equipo empieza a frustrarse porque nadie trabaja de la misma manera.
¿Qué ha fallado?
Curiosamente, no suele fallar la tecnología. Tampoco las personas. Lo que falla es el mensaje.
La mayoría de las organizaciones explican QUÉ va a cambiar, pero olvidan responder a las preguntas que realmente preocupan a quienes tendrán que adaptarse.
¿Por qué es necesario este cambio?
¿Qué problema resuelve?
¿Cómo mejorará mi trabajo?
¿Qué apoyo voy a recibir durante la transición?
Cuando estas preguntas quedan sin respuesta, el cerebro llena los espacios vacíos con dudas. Y donde aparecen las dudas, aparecen también la resistencia, los rumores y las interpretaciones.
Otro error frecuente consiste en comunicar el cambio únicamente cuando ya está decidido. No todas las decisiones pueden consensuarse, pero casi todas pueden enriquecerse escuchando antes de implantarlas.
Preguntas tan sencillas como "¿Qué dificultades creéis que encontraremos?" o "¿Qué necesitaríais para que esta transición fuera más sencilla?" permiten detectar problemas que la dirección quizá no había previsto y, además, transmiten un mensaje muy poderoso: vuestra experiencia cuenta.
También conviene recordar que cambiar un procedimiento es relativamente fácil. Cambiar un hábito es mucho más difícil. Podemos explicar una nueva norma en diez minutos; lo complicado es conseguir que tres meses después siga aplicándose con la misma disciplina.
Por eso los líderes más eficaces no comunican el cambio una sola vez. Lo acompañan durante todo el proceso. Explican el propósito, resuelven dudas, recuerdan los beneficios, reconocen los avances y corrigen las desviaciones antes de que se conviertan en rutina.
Suelo comparar este proceso con la dirección de una obra. No basta con presentar el proyecto. Hay que supervisarlo, resolver imprevistos y mantener el rumbo hasta el final.
Existe una idea que comparto con frecuencia: las personas se comprometen mucho más con aquello que entienden que con aquello que simplemente obedecen.
Antes de comunicar el próximo cambio en tu organización, responde primero a cuatro preguntas: ¿por qué es necesario?, ¿qué ocurrirá si no cambiamos?, ¿qué beneficios obtendrá el equipo? y ¿cómo vamos a acompañar a las personas durante la transición?
Si eres capaz de responderlas con claridad, habrás eliminado buena parte de la resistencia antes incluso de que aparezca.
El #comuniconsejo de este mes es sencillo: antes de pedir a alguien que cambie su forma de trabajar, asegúrate de haber cambiado primero su forma de entender por qué merece la pena hacerlo. Porque cuando las personas comprenden el propósito, el cambio deja de percibirse como una imposición y empieza a convertirse en una oportunidad.
