En América Latina, la conversación sobre inversión de impacto con enfoque de género ha avanzado de manera importante durante los últimos años. Fondos especializados, métricas de inclusión y nuevos vehículos financieros han permitido poner sobre la mesa una pregunta que antes parecía invisible: ¿qué pasa cuando el capital no reconoce las desigualdades que viven las mujeres? Sin embargo, todavía existe un espacio donde esta conversación sigue siendo insuficiente: la vivienda.
Y no hablamos únicamente del acceso a una casa. Hablamos de la forma en que millones de mujeres viven, construyen, cuidan, trabajan y sostienen sus hogares en contextos donde la vivienda se desarrolla de manera progresiva, paso a paso, durante años o incluso décadas. En países como Perú, México o Colombia, gran parte de las viviendas no se produce a través del mercado inmobiliario formal: se construye progresivamente. Las familias amplían un cuarto cuando pueden, levantan un piso adicional con sus ahorros, mejoran el baño meses después o reemplazan materiales conforme logran generar ingresos. Es un proceso profundamente vinculado a la economía cotidiana del hogar.
Y dentro de ese proceso, las mujeres ocupan un rol central. Son quienes administran el presupuesto familiar, organizan prioridades, toman decisiones sobre mejoras, gestionan riesgos cotidianos y, muchas veces, impulsan pequeños negocios desde la vivienda. No es casual que hoy el 52% de los nuevos negocios en el Perú sean liderados por mujeres (INEI 2025). Sin embargo, aproximadamente 7 de cada 10 mujeres que trabajan lo hacen en la informalidad, lo que las deja fuera de los esquemas tradicionales de evaluación crediticia (INEI – EPEN, 2025).
Pese a ese rol estratégico, siguen enfrentando mayores barreras para acceder a financiamiento, asistencia técnica y soluciones adaptadas a sus realidades. Los números revelan una paradoja: según la SBS, las mujeres pagan en promedio tasas de 58% en sus créditos, frente al 48% que pagan los hombres. Y, sin embargo, su morosidad es menor: 3,9% vs 4,5%. Son mejores pagadoras y, aun así, pagan más caro por el dinero.
El problema fundamental es que los sistemas financieros operan bajo lógicas que no han profundizado lo suficiente sobre cómo funciona realmente la construcción progresiva de vivienda ni el rol de las mujeres en ese proceso. La consecuencia no es menor: cuando una vivienda se construye sin financiamiento adecuado ni acompañamiento técnico, los costos aumentan, las obras se prolongan y los riesgos estructurales se acumulan. Las familias terminan pagando más por construir peor y más lento.
Incorporar una mirada de género en vivienda de construcción progresiva no significa únicamente financiar proyectos liderados por mujeres. Significa entender cómo las dinámicas de género afectan las decisiones económicas dentro del hogar, el acceso a oportunidades y la manera en que se construye bienestar para millones de familias en la región. Una vivienda adecuada puede mejorar la salud, reducir la exposición a violencia, facilitar ingresos, fortalecer redes de cuidado y generar mayor estabilidad.
Desde el Centro Terwilliger de Innovación en Vivienda, parte de Hábitat para la Humanidad, buscamos que inversionistas, instituciones financieras y actores públicos comiencen a mirar la construcción progresiva de vivienda no como un segmento informal o secundario, sino como un mercado con enorme potencial de impacto social, económico y ambiental para millones de mujeres en la región. La conversación sobre género y finanzas ya no puede limitarse al emprendimiento o al crédito productivo. La vivienda también debe formar parte de esta agenda.
