El pasado 25 de marzo tuve la oportunidad de participar como invitada en el programa Hablemos de Construcción, un espacio dedicado a analizar los principales desafíos y oportunidades del desarrollo del país. En esa conversación abordamos los avances que Chile ha logrado en materia de desalación, una tecnología que hoy se posiciona como una de las soluciones más relevantes para enfrentar la crisis hídrica. Nuestro país no solo ha avanzado de manera sostenida en este ámbito, sino que también comienza a consolidarse como un referente a nivel mundial en el desarrollo de proyectos de desalación vinculados a sectores productivos y al abastecimiento de comunidades.
Chile enfrenta una paradoja silenciosa: el agua es condición básica para la vida, pero también para el desarrollo. Sin embargo, seguimos tratándola como si fuera abundante, cuando en realidad es cada vez más escasa. El Congreso ACADES 2026, bajo el lema “Agua para crecer”, volvió a poner esta tensión en el centro del debate.
Las conclusiones son difíciles de ignorar. La seguridad hídrica ya no puede depender de fuentes tradicionales. La sequía prolongada, la presión sobre acuíferos y la incertidumbre climática obligan a acelerar soluciones como la desalación y el reúso. No hacerlo no es neutro: es hipotecar el crecimiento.
Porque el agua no es solo un tema ambiental, es un activo estratégico. En Chile, cerca del 80% de las exportaciones están directa o indirectamente ligadas al agua. Minería, agricultura y energía —los pilares productivos del país— dependen críticamente de su disponibilidad.
Y hay un dato que debería cambiar la conversación: el valor del agua no se mide en litros, sino en desarrollo. Dependiendo del sector, un metro cúbico de agua puede generar varias veces su costo en valor agregado. En minería y agroindustria, su uso tiene efectos multiplicadores relevantes en el PIB, activando cadenas productivas completas, empleo e inversión. Dicho de otra forma: sin agua, no hay crecimiento; pero con agua bien gestionada, el crecimiento se expande.
Por eso, asegurar su disponibilidad no es una política sectorial, es una decisión país.
El Congreso dejó otra lección igual de importante: este desafío no se resuelve en silos. Requiere un trabajo articulado entre Estado, empresas, academia y sociedad civil. No se trata solo de construir infraestructura, sino de construir acuerdos. Sin diálogo, los proyectos no avanzan; sin colaboración, no escalan.
Hoy hay señales positivas. Chile avanza con decenas de proyectos de desalación y reúso, muchos de ellos con enfoque multipropósito, capaces de abastecer simultáneamente a comunidades y sectores productivos. Es un cambio de paradigma: dejar de competir por el agua y empezar a generarla.
Pero hay un eslabón débil que no podemos seguir postergando: la educación. Persisten brechas profundas en la comprensión del rol del agua. Aún no logramos instalar que abrir la llave depende de decisiones tecnológicas, regulatorias y de inversión complejas.
Educar sobre nuevas fuentes —desalación y reúso— y sobre el cuidado del recurso no es un complemento, es una condición habilitante. Sin legitimidad social, no hay infraestructura posible. Sin cultura hídrica, no hay sostenibilidad.
El desafío ya no es diagnosticar. Es actuar con decisión y sentido de urgencia.
Porque el agua no solo sostiene la vida. Sostiene el futuro de Chile.

-1.png)