Mano de obra calificada: la verdadera resistencia del hormigón

El hormigón es el material más utilizado en la construcción en Chile. También es uno de los más versátiles y socialmente valorados. Cuando una familia habla de una vivienda “sólida”, casi siempre está pensando en hormigón. Sin embargo, esa confianza social y cultural en el material no depende solo de su diseño estructural o del diseño de mezcla, sino también —y de forma muy decisiva— de cómo se ejecuta en obra.

En terreno existe una tensión permanente entre la calidad técnica y la facilidad de ejecución. Cuando la mano de obra no está debidamente capacitada, muchas decisiones se toman pensando en lo más rápido o cómodo y no necesariamente en lo correcto.

Un ejemplo frecuente es agregar agua al hormigón para hacerlo más fluido. Desde la lógica de la cuadrilla, la razón parece evidente: mientras más trabajable sea la mezcla, más fácil es colocarla. Sin embargo, ese gesto aparentemente inocente tiene consecuencias técnicas claras. Al aumentar el agua, aumenta la razón agua-cemento y, por lo tanto, disminuye la resistencia del hormigón.

Dicho lo anterior, es importante mencionar que la norma chilena contempla situaciones en que es posible ajustar la docilidad del hormigón en obra. La NCh170:2016, en su cláusula 9.6, permite realizar ajustes de cono cuando el hormigón premezclado llega con un asentamiento menor al especificado en el diseño. Así, si el hormigón fue diseñado para cono de 10 cm y llega a obra con cono de 8 cm, es posible realizar un ajuste para recuperar la docilidad de diseño en la mayoría de los hormigones, que deben cumplir tiempos menores a dos horas desde la carga del camión hasta el término de la descarga (los hormigones especiales deben evaluarse caso a caso).

La misma norma establece una tolerancia de recepción del asentamiento, no de fabricación. Esta tolerancia existe porque en la práctica es imposible obtener exactamente el cono de diseño en cada carga; esto no significa que pueda esperarse sistemáticamente un asentamiento mayor al especificado y obliga a solicitar el cono adecuado según las condiciones reales de colocación.

Algo similar ocurre cuando el hormigón se fabrica directamente en obra. Todavía ocurre que el cemento se mida “a pala” o “a balde” (volumen). Estas variaciones pueden parecer menores, pero afectan la calidad final del hormigón y su homogeneidad. Técnicamente, el cemento debe dosificarse en peso (o por saco), porque es la única manera de garantizar la cantidad exacta que se incorpora a la mezcla.

El vibrado es otro punto crítico. Vibrar correctamente implica considerar distancias entre inserciones, altura de capa de hormigonado, atravesar la línea entre capas y retirar el vibrador lentamente para permitir la salida del aire arrastrado durante el llenado. Cuando estas prácticas se simplifican u omiten, aparecen defectos.

El curado tampoco suele recibir la atención que merece. Losas y pavimentos sufren pérdida rápida de agua por evaporación durante las primeras horas, generando retracción plástica. Estas fisuras no son estructurales, pero sí afectan la durabilidad y la calidad final. Las losas y pavimentos no son emplantillados, por lo que el curado debe evaluarse considerando las condiciones ambientales al momento de la colocación.

En terreno la explicación suele ser: “siempre se ha hecho así”. Ese argumento refleja la transmisión de prácticas entre generaciones de trabajadores. La responsabilidad no debe recaer únicamente en la mano de obra no calificada; quienes respondemos legal y técnicamente por las obras somos los profesionales de la construcción, y debemos supervisar, explicar y corregir estas prácticas para que la costumbre no termine imponiéndose sobre la calidad.

El hormigón seguirá siendo uno de los materiales más confiables de nuestra industria, pero solo si su ejecución está a la altura del material; mal que mal, en la mayoría de los casos, el problema no es el hormigón: son las prácticas con que se construye.