Hormigón: emergencias previsibles, respuestas inteligentes

Cada temporada de incendios repetimos el mismo patrón: damnificados, declaración de emergencia, instalación de soluciones provisorias y, meses después, si hay suerte, una reconstrucción que vuelve a comenzar desde cero. Lo preocupante no es solo la magnitud del daño, sino la persistencia de una lógica reactiva que ignora evidencia técnica disponible hace tiempo. Si queremos cambios, debemos cambiar la estrategia.

El hormigón, por su naturaleza no combustible y su baja conductividad térmica, retarda la transmisión del calor y protege su núcleo estructural incluso bajo exposiciones severas. Aunque sobre los 500 °C comienza la degradación de sus propiedades mecánicas, esta no es inmediata ni total. En ensayos experimentales se observa que el calentamiento es progresivo y que el núcleo interno conserva capacidad resistente por tiempos considerables, retrasando además la pérdida de resistencia del acero de refuerzo. Esa diferencia no es menor: implica tiempo para evacuar y posibilidad real de recuperación estructural.

A diferencia de otros materiales, el hormigón no alimenta el incendio ni pierde estabilidad en minutos. Muchas estructuras dañadas pueden evaluarse y rehabilitarse en lugar de demolerse. Técnicas como el hormigón proyectado (shotcrete) permiten recuperar sección resistente sin moldajes, con alta adherencia y bajos tiempos de intervención. En infraestructura crítica y túneles esta práctica es habitual y en Chile existe experiencia suficiente: se retira el material dañado y se recompone la capacidad estructural con rapidez, evitando la pérdida total.

Otro fenómeno conocido en hormigones expuestos al fuego es el spalling, la expulsión violenta de fragmentos producto de la presión de vapor generada por el agua contenida en los poros. Incorporar fibras de polipropileno reduce el riesgo, ya que al fundirse generan microcanales que alivian la presión interna y retrasan el desprendimiento superficial. Esta es una tecnología aplicada hace años en obras expuestas a riesgo térmico.

Con este conocimiento acumulado, es natural cuestionar por qué en zonas de alto riesgo seguimos instalando soluciones de emergencia combustibles, concebidas como “provisorias”, que luego deben desmontarse para iniciar la vivienda definitiva. Este modelo no solo es económicamente ineficiente; es técnicamente incoherente con la realidad territorial.

Se debe avanzar hacia unidades habitacionales prefabricadas de hormigón, con resistencia al fuego certificada y diseño estructural pensado en una ampliación progresiva. Estos módulos pueden instalarse rápidamente tras la emergencia y funcionar como espacio habitable inicial y luego como núcleo rígido para la autoconstrucción. La prefabricación permite control de calidad, planificación logística y reducción de tiempos en terreno, entregando una base estructural estable para el crecimiento futuro.

Ningún material es una solución mágica. La seguridad frente al fuego también depende del diseño urbano y la planificación territorial. Pero cuando la evidencia técnica demuestra que existen alternativas más resilientes y reparables, persistir en modelos vulnerables deja de ser una decisión técnica y pasa a ser una decisión política.

El desafío no es tecnológico; es de planificación pública. Hoy contamos con herramientas de modelación y simulación para anticipar escenarios de daño y estimar demanda habitacional frente a incendios, terremotos, tsunamis, inundaciones o aluviones. Con esa información, el Estado podría gestionar permanentemente el diseño y fabricación de prefabricados de hormigón y mantener un stock estratégico disponible antes de la emergencia y no después de ella.

Sin improvisación, anticipando con criterios técnicos. Mientras la gestión del riesgo siga siendo reactiva, seguiremos reconstruyendo lo que ya sabíamos que podía destruirse por un desastre.