Para mitigar el riesgo no es necesario esperar años

En gestión del riesgo de desastres hay una idea instalada: que mitigar es levantar la obra mayor. El muro costero, el colector de aguas lluvia, el embalse, la canalización del estero. Esa obra, cuando existe, cambia de verdad el nivel de protección de una comuna. El problema es cuánto demora en existir.

Una obra de mitigación estructural es de largo aliento. Entre el estudio de prefactibilidad, el diseño de ingeniería, el financiamiento, la evaluación ambiental y la construcción pueden pasar cinco, ocho o diez años. Ese plazo es razonable para un proyecto serio. La amenaza, sin embargo, no se ajusta a ese calendario. La lluvia que va a caer este invierno, o el aluvión que puede bajar por una quebrada en los próximos meses, ocurren mientras la obra todavía está en una carpeta.

Ahí se pierde muchas veces el foco. Mitigar no es un acto único que termina el día que se corta la cinta. Son dos carriles que tienen que avanzar en paralelo, cada uno con sus tiempos propios.

El primer carril es la obra definitiva, con su ritmo normal de proyecto. Nadie propone acelerarla a costa de su calidad técnica, porque una obra mal calculada crea un riesgo nuevo en lugar de resolver el que había. El segundo carril son las medidas de corto plazo, las que reducen hoy la vulnerabilidad y la exposición de las personas mientras el proyecto grande sigue su curso. Mantención y limpieza de cauces, obras menores de encauzamiento, despeje de puntos críticos, alerta temprana, rutas de evacuación señalizadas, restricción de ocupación en las zonas de mayor peligro. Ninguna reemplaza a la obra mayor. Todas, funcionando juntas, bajan el daño del próximo evento.

El sector de la construcción entra casi siempre por el primer carril. Es donde están los proyectos de mayor monto y de mayor visibilidad. El segundo carril también es construcción, y de la que muestra resultados en una temporada y no en una década. Una obra menor bien ejecutada en la quebrada correcta protege a una población este mismo invierno. Tratar la obra grande como línea de meta, y dejar todo lo demás en pausa hasta que esté lista, es el error que después se paga en daños evitables.

Conviene decirlo con números, porque el punto se entiende mejor así. Una comuna que espera diez años su obra estructural enfrenta, en ese intervalo, cerca de diez temporadas de lluvias y varios ciclos de emergencia. Dejar esos años sin ninguna medida intermedia significa aceptar diez oportunidades de desastre a la espera de una solución que todavía no llega. La pregunta para cualquier autoridad o mandante no es solo qué obra construir, también es qué se hace por la gente en el tiempo que esa obra tarda en levantarse.

Esto pide un cambio de mirada en cómo se planifican las inversiones de protección. La obra mayor y las medidas de corto plazo no compiten por el mismo presupuesto ni por la misma decisión. Son complementarias. Una da la solución de fondo, la otra sostiene la seguridad de la comunidad mientras la primera se hace realidad. Planificarlas por separado, y ejecutarlas al mismo tiempo, es lo que permite no quedar desprotegido en el intertanto.

La construcción tiene un rol que va más allá de entregar la obra terminada. Puede ser también la que mantiene a una comunidad preparada mientras esa obra se construye. Un territorio no se vuelve resiliente el día que se inaugura una defensa. Se vuelve resiliente cuando aprende a protegerse durante todos los años que esa defensa tardó en estar de pie.