Si esta pregunta estuviera dirigida al nuevo Presidente de EE.UU., la respuesta sería claramente: “…no me importa. Lo principal es tener energía nacional, abundante y barata”. Esto se refiere solo al precio que los individuos pagan por la energía, sin considerar el costo social ni sus efectos indirectos. A menudo, lo barato en términos de precio inicial se contrapone con lo económico, que implica un análisis del ciclo de vida, donde se suman los costos y beneficios a lo largo del tiempo.
Con esta nueva política, EE.UU. se retira nuevamente del Acuerdo de París, el compromiso internacional para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, y abre territorios actualmente protegidos para la exploración y explotación de gas y petróleo. La administración actual prioriza el corto plazo de sus cuatro años hasta la siguiente elección, con consecuencias que se verán después. Como dijo el rey Luis XV: “después de mí, el diluvio”. Literalmente, ya estamos presenciando inundaciones sin precedentes en diversas regiones del mundo, y sequías inusuales con extensos incendios con graves daños materiales cada año.
Aunque cada país es libre de tomar sus decisiones, el problema que aborda el Acuerdo de París es global. El CO2 no respeta fronteras; se dispersa rápidamente en la atmósfera y permanece allí por siglos, intensificando el efecto invernadero. Esto convierte el cambio climático en un problema para toda la humanidad. Por tanto, es responsabilidad de todos y cada uno el detener el Cambio Climático Antropogénico. En el último millón de años, la concentración de CO2 ha estado entre 180 ppm y 230 ppm, y ha aumentado a más de 420 ppm debido al uso de combustibles fósiles. Este nivel seguirá subiendo mientras persista su uso. La buena noticia es que, si es de origen antropogénico, también la solución está en nuestras manos.
El efecto invernadero permite la vida en la Tierra, ya que con una temperatura media de 14°C el agua permanece líquida. Sin él, la temperatura media sería de -18°C, congelando toda el agua. En contraste, Venus, con una atmósfera mucho más rica en CO2, tiene temperaturas superficiales de 450°C, imposibilitando la vida. La meta del Acuerdo de París de limitar el aumento de la temperatura a +2°C respecto a los niveles preindustriales, o el límite de +1,5°C propuesto por la comunidad científica, busca mitigar los efectos del cambio climático y preservar la estabilidad climática para las generaciones futuras.
Es cierto que la humanidad ha logrado adaptarse a diversas zonas climáticas, desde los -40°C de las zonas polares hasta los +40°C de las zonas tropicales. A primera vista, un aumento de 2°C en la temperatura promedio mundial podría parecer no tener grandes efectos. Sin embargo, lo que el ser humano no puede soportar son sequías prolongadas, incendios y las inundaciones impredecibles que estamos viendo cada vez más a menudo. La industria de los seguros, que no puede acusarse de tener sesgos ideológicos, ya está registrando un gran aumento en los daños materiales año tras año. Esto demuestra que el costo social es elevado, y que se deben financiar cuantiosas medidas de adaptación, compensación y mitigación.
En Chile, el 75% de los gases de efecto invernadero provienen de la quema de combustibles fósiles (98% importados). Si centramos nuestros esfuerzos en “desfosilizar” nuestra canasta energética completa, en especial la generación de electricidad (no sólo el retiro de las unidades termoeléctricas a carbón), el transporte y los procesos industriales con energías limpias, podríamos reducir el costo social, que el Ministerio de Desarrollo Social y Familia actualizó a USD 63,4 por tonelada de CO2. Esto implica que los daños sociales en Chile ascienden anualmente a unos USD 6.500 millones. El impuesto al carbono en Chile es solo de USD 5 por tonelada de CO2, lo que generó el 2023 una recaudación de USD 138 millones. El resto de los costos los paga la sociedad en su conjunto, es decir, la Sra. Juanita. En otras palabras, los contaminadores no están pagando el precio real de su impacto.
Chile tiene un enorme potencial de energías renovables, equivalente a 115 veces su consumo eléctrico. Aprovechar estas fuentes de energía nacionales requerirá cuantiosas inversiones, pero evitaría el gasto anual en la importación de combustibles fósiles y los daños asociados. Otra medida muy relevante es la Eficiencia Energética porque la energía más limpia es la que no utilizamos. A largo plazo queremos electrificar la mayor parte de los usos de energía (pasar del 22% actual al 64% al 2050), pero debe ser electricidad renovable. ¿Tenemos las condiciones habilitantes para fomentar estas inversiones en energías limpias?